“Cómo hacer para saber qué hacer”, Hernán Peralta (Ed. Quimantú – Caracol, 2017)

“Cómo hacer para saber qué hacer”, Hernán Peralta (Ed. Quimantú – Caracol, 2017)

“Cómo hacer para saber qué hacer” es un libro escrito por el actor y educador chileno Hernán Peralta en 1995. En el texto se expone el método de sistematización de análisis con registro abierto, el cual surge del trabajo que desarrolló Peralta, durante diez años, junto al grupo de “Promoción Sociocultural Churuata” en Venezuela. Dicho método de sistematización fue construido a través de reflexiones basadas en el análisis de la práctica misma, y en la comprensión de que cualquier tipo de articulación organizativa debe surgir en estrecha vinculación con el pueblo, y desde su propia reflexión sobre la realidad que quiere transformar.

Para comprarlo, sólo contáctate al mail: caracolpopular@gmail.com o búscanos en facebook “Colectvo Caracol – el apañe de los piños”.

¡A sólo 5.000!

Para envíos fuera de Santiago, nos depositan y se los mandamos por Tur Bus.

Prólogo a la primera edición en Chile
¿Qué hay que hacer para saber qué hacer? Una entrada caracolera, popular y organizada…

Pablo Soto y Pamela Jaime
Colectivo de sistematización militante Caracol – El apañe de los piños

El libro que prologamos presenta un modelo de sistematización de experiencias titulado la ‘Metodología de análisis con registro abierto’. Este método surgió del trabajo que desarrolló, durante diez años, el grupo de “Promoción Sociocultural Churuata” en Venezuela. Dicho proyecto realizó talleres para y desde la comunidad, centrándose en la necesidad del análisis colectivo y del trabajo sistemático comunitario como claves para la recuperación de saberes y la construcción de protagonismo popular. El método de sistematización fue construido a través de reflexiones basadas en el análisis de la práctica misma, y en la comprensión de que cualquier tipo de articulación organizativa debe surgir en estrecha vinculación con el pueblo y desde su propia reflexión sobre la realidad que quiere transformar.

Hernán Peralta, principal creador y promotor de este método de investigación popular, es un educador y comunicador popular chileno de gran  trayectoria que reside actualmente en Venezuela y que, lamentablemente, hasta hoy es poco conocido en nuestro país (lo que esperamos pueda subsanarse, en parte, con la edición de este libro). En su juventud, asistió a la Escuela de Leyes de la Universidad de Chile y estudió teatro en la misma casa de estudios. Allí, conoció a Víctor Jara con quien creó el Centro de Estudiantes de esta última carrera. Dentro de su actividad estudiantil, colaboró en la promoción de obras de teatro social, con la intención de reflejar la realidad social de Chile. Más tarde –durante la Unidad Popular- trabajó en la Consejería Nacional de Desarrollo Social, desarrollando diversos trabajos enfocados en la organización de los sectores populares a partir de la
educación y la comunicación popular, labor que fue obligado a abandonar al ser exiliado por la dictadura chilena.

Relacionado con las artes escénicas, junto a su organización “Nuevo Teatro de Chile”, viajó a distintas zonas de América Latina, experiencia enriquecedora en su formación en sistematización de experiencias de agrupaciones socio-culturales. Luego, fue locutor de la “Radio Rebelde” en Cuba y de “Radio Pekin” en China. Vivió un tiempo en la Unión Soviética hasta asentarse finalmente en tierras venezolanas. Actualmente, se desempeña como profesor de la Escuela de Teatro en la Universidad Central de Venezuela y, como lo mencionamos anteriormente, es cofundador de “Promoción Sociocultural Churuata”, organización que trabaja activamente con sectores populares y comunidades indígenas, facilitando procesos de investigación y análisis de la realidad a partir del método que les presentamos ahora.

Como el mismo Hernán cuenta en el epílogo de este libro, su trabajo en Cuba, Rusia, China, Chile y Venezuela, en diferentes contextos pero con el hilo conductor de haber estado viviendo diversos procesos revolucionarios, lo llevó a la búsqueda de una herramienta que le permitiera acompañar y potenciar la organización popular en todos esos lugares. Es a partir de esa búsqueda que Peralta identificó una serie de elementos necesarios que permitieron construir este método que, como su nombre lo dice, bus-
ca que las comunidades organizadas analicen críticamente su experiencia y autónomamente “sepan cómo hacer para saber qué hacer”.

Hoy queremos compartir, con todo quien tenga en sus manos este libro, la experiencia que nos regala Hernán Peralta, su método y las preguntas abiertas que nos invita a realizar en nuestras organizaciones, para intercambiar sin fronteras con otras formas de hacer y actuar que sume y eleve nuestros conocimientos en pro del desarrollo comunitario. El aporte de Hernán Peralta es dar cuenta de la necesidad que tenemos, como movimiento popular, de aprender a partir de nuestras experiencias dentro de organizaciones populares; aprender de lo que hicimos, de aquello en lo que fallamos y así seguir avanzando, recuperando nuestros saberes, identificando nuestras fortalezas y debilidades para seguir construyendo-nos. En palabras del propio Peralta: “Necesitamos aprender del pasado, de las experiencias vividas por pueblos y organizaciones políticas o sociales. Hay una historia que nos incumbe y no podemos soslayar en esta coyuntura. Los aportes valiosos enriquecen el patrimonio popular. Las fallas, deficiencias
y errores sientan precedentes de lo que no se debe hacer”.

Ahora bien, ¿por qué reeditar este libro hoy? para entender esto, nos parece necesario compartir nuestra experiencia organizativa como Colectivo Caracol y algunas reflexiones que nos han surgido en el camino. Caracol – El apañe de los piños nace como colectivo el año 2013 frente al diagnóstico de que es necesario recuperar, como movimiento popular, los aprendizajes producidos desde nuestras diversas experiencias. La herramienta que escogimos para llevar esto a cabo es la sistematización. El desafío ha sido poner en valor, produciendo y socializando, los saberes generados a partir de nuestras diversas prácticas organizativas. Pero, ¿por qué la sistematización? Como ya lo mencionamos en el prólogo al libro “Sistematización de experiencias: prácticas y teoría para otros
mundos posibles” de Oscar Jara (que editáramos junto a Quimantú el año 2015), nosotras y nosotros consideramos la autoeducación como práctica fundamental dentro de la construcción del poder popular. Y aprender de y desde nuestras propias experiencias organizativas es un pilar fundamental de esa autoeducación popular que queremos levantar hoy. Es por ello que
apostamos por la sistematización, entendiendo que ésta apunta a fortalecer las organizaciones en sus territorios particulares al producir aprendizajes colectivos que nacen del análisis de sus propias prácticas organizativas, ganando en autonomía y democratizando al mismo tiempo nuestras orgánicas. Pero esta apuesta no solo fortalece organizaciones en sus contextos
particulares, sino que también permite robustecer el movimiento popular en su conjunto, en la medida en de que estos aprendizajes colectivos puedan ser comunicados y compartidos con organizaciones cercanas, forjando un tejido y un horizonte colectivo.

Así, desde el 2013 nos propusimos acompañar a organizaciones en el proceso de sistematización, aunque inmediatamente nos encontramos con algunas barreras. En primer lugar, las organizaciones no identifican la necesidad de sistematizar, ya sea por desconocimiento metodológico, por falta de tiempo, o por no considerarlo una prioridad. Las consecuencias de esto son muchas: al no ser capaces, las organizaciones, de responder a sus grandes interrogantes, problemáticas o desafíos, se van agotando; y se
15genera poca continuidad en los trabajos. Esto produce, constantemente, tener que volver al inicio. A esto lo llamamos el fenómeno del “evismo” o “adanismo” organizativo popular. Con esto nos referimos a que la mayoría de las organizaciones que van surgiendo piensan que su trabajo no se ha hecho antes, por lo que se tiende a partir de cero, sin considerar los aprendizajes, errores y aciertos que han producido organizaciones sociales y populares en el pasado.

Con el andar, sin embargo, hemos ido superando algunas problemáticas. El año 2014 identificamos otra necesidad generalizada entre las organizaciones: la autoeducación. Durante todo el año fuimos apañando a distintos piños, realizando diversos talleres (moviéndonos y profundizando en educación popular, técnicas participativas y producción de saberes). Poco a poco hemos ido tejiendo una red solidaria de organizaciones que trabajamos en diversos territorios desde la educación y la comunicación
popular. Y, en todos esos procesos, buscamos instalar entre los ‘saberes’ a producir y compartir, el ‘saber sistematizar’, como herramienta necesaria a desarrollar dentro del movimiento popular. Durante el 2015, profundizamos esa apuesta y decidimos instalar de nuevo a la sistematización en el centro del debate de las organizaciones populares a partir de la publicación de artículos, libros y la realización de talleres, y retomamos con más fuerza el apañe a otras organizaciones que quisieran sistematizar su experiencia.
Los aprendizajes, reflexiones e interrogantes extraídas de ese proceso son muchas. La primera idea con la que nos encontramos, es que las organizaciones sistematizan cuando funcionan mal (o al menos no de manera óptima), por lo que le otorgan, a la sistematización, la misión de mejorar el funcionamiento interno de la organización. Algunas de las interrogantes de las organizaciones que surgen en este proceso son: ¿Cómo podemos mejorar nuestra práctica? ¿Cómo definimos nuestra militancia? ¿Cómo podemos respetar nuestros acuerdos? ¿Cómo podemos transmitir los acuerdos a nuevos o nuevas militantes? Los resultados en este sentido fueron varios: documentos de definición de militancia, instancias de evaluación de la práctica, programas de autoformación, material que permite visibilizar los acuerdos, entre otros.

Otro elemento recurrente al momento que una organización decide sistematizar, es la relación que logra desarrollar con el territorio donde trabaja. Para esto el foco cambia. Ya no miramos sólo nuestro funcionamiento interno, sino más bien cuáles han sido nuestros resultados. En este escenario, las preguntas que buscan responder las organizaciones son otras: ¿Qué resultados ha tenido tal taller? ¿Cómo nos fue con el proceso de recuperación de memoria? ¿Cuán legitimada está nuestra organización en el territorio? ¿Qué aprendizajes se han producido en la comunidad con nuestro trabajo? ¿Cuán involucrada está la comunidad con nuestro proyecto?

Un último elemento que nos parece necesario nombrar es la constante pregunta por la articulación de nuestros espacios. ¿Cómo se avanza hacia esto? Una pregunta difícil de responder, que aparece constantemente en todos los espacios con los que hemos trabajado. ¿Cómo articularnos de forma efectiva? ¿Cómo mantener activo un trabajo cohesionado y no debilitar nuestros propios espacios? ¿En qué ámbitos nos podemos articular? Claro, podemos compartir nuestras reflexiones, pero ¿cómo nos entreteje-
mos de manera política? ¿cómo nos autogestionamos? En vista de todo lo anterior, este 2016 nos propusimos otro objetivo. Con-
siderando que ya vamos en camino a situar a la sistematización de experiencias como una práctica necesaria dentro de la construcción de poder popular, y viendo el impacto positivo de la sistematización en las organizaciones que hemos apañado, nos hemos propuesto el desafío de difundir diversos productos que surjan de procesos de sistematización. Como ya dijimos antes, la sistematización sirve para mejorar la propia práctica, pero también sirve para poder compartir los saberes producidos en el proceso
con otras organizaciones. Es por todo ello que, a través del lanzamiento de este libro -editado por primera vez en Chile- buscamos precisamente ‘matar dos pájaros de un tiro’: por un lado, compartir con las organizaciones populares otro método efectivo para analizar críticamente nuestra práctica y mejorarla y, por otro lado, mostrar cómo este método es, precisamente, el resultado de un largo proceso de reflexión sobre la acción, una propia sistematización de un largo caminar (idea que Hernán refuerza al incluir en este libro un epílogo inédito, que cuenta detalles de cómo nació este método).

Este libro nos invita a cuestionar los vacíos, exclusiones, problemas, errores comunes, y más importante aún, a darle respuestas a estas grandes limitaciones al interior del campo popular organizado. Es una invitación a abrir discusiones y retomar el diálogo sobre factores políticos e ideológicos que, muchas veces parecen fuera de contexto de los trabajos comunitarios. El libro no pretende ser un recetario, sino todo lo contrario, una invitación a producir, colectivamente, aprendizajes desde abajo, ya sin preguntarle a la
academia o a las vanguardias políticas, poniendo en valor los aprendizajes que surgen desde nuestra propia práctica. Apuesta por la construcción de protagonismo popular, a través de la producción y socialización, de manera colectiva, de los saberes populares.

Junio 2017

Hernán Peralta y el perfil de las y los educadores populares nuestroamericanos

Daniel Fauré

Colectivo de Sistematización Militante Caracol – el apañe de los piños

En marzo del 2012, compañeros y compañeras del Colectivo Paulo Freire – Chile se enteraron que Hernán Peralta vendría a Chile por unos breves días. Era el momento, pensaron, de poder compartir los saberes de este educador popular con el colectivo y, además, con todas las organizaciones con las que tenían contacto. Esto porque la experiencia de vida de Hernán y su larga trayectoria como educador le daban un misticismo muy propio: chileno de nacimiento, pero que “los caminos de la vida” lo llevaron a ser todo un internacionalista, había pasado de la actuación a la radiofonía en un proceso donde, en paralelo, había desarrollado múltiples labores educativas populares que maduraron en un método que permitía a las comunidades populares pensar su propia práctica con un sentido revolucionario, transformador; un método para producir saber popular de manera colectiva, que lo había llevado finalmente a asentarse en la Venezuela chavista y, en conjunto con sus compañeros de la organización Promoción Sociocultural Churruata, a desplegar su trabajo, de forma silenciosa pero constante, con comunidades indígenas que lo validaban y esperaban año tras año para recomenzar el proceso de pensar y pensarse.

Entenderán que, con esos antecedentes, era evidente que teníamos que invitarlo. Un método así tenía que ser conocido.

Sin embargo, nos enfrentábamos a problemas logísticos no menores: la aplicación del método tomaba varios días (entre una a dos semanas) y era muy difícil que las compañeras y compañeros que se inscribieran en el taller que estábamos preparando pudieran destinar esa cantidad de días seguidos al aprendizaje: sea por razones de trabajo, estudio o por las diversas actividades de sus organizaciones. Por lo mismo, conversando con Hernán, acordamos un “plan intensivo”: acortar el proceso a tres días completos, desde muy temprano en la mañana hasta que se nos fuera el sol. Con esas condiciones, convocamos a 10 organizaciones hermanas y nos dimos cita en un pequeño pero acogedor local que conseguimos en Ñuñoa1.

El taller fue todo un éxito: una grata experiencia donde pudimos aprender a fondo del trabajo de las compañeras y compañeros presentes, desarrollando en una primera etapa la difícil tarea de escuchar “de verdad” a los demás, sopesando sus palabras, valorándolas, encariñándonos con su trabajo2. Y como todo lo dicho en el taller debía ser registrado en papelógrafos y luego pegado en las paredes -tarea que recuerdo muy bien porque me tocó ser el “escribano” de las tres maratónicas jornadas- literalmente nuestra experiencia organizativa comenzó a rodearnos muro por muro hasta que terminamos habitando una casa empapelada de techo a piso de nuestro trabajo, nuestros sueños y nuestra rebeldía, lo que facilitó el trabajo de “meterse en nuestra experiencia” para analizarla: ahí estábamos, una veintena de compañeras y compañeros sumergidos en nuestra practica, distinguiendo en ella procesos y categorías, analizando críticamente -desde dentro- nuestra propia historia3.

En todo ese proceso, Hernán fue un monitor claro y atento, pero con poco protagonismo. Su figura claramente no pasaba desapercibida: un hombre grande, de ojos profundos y una barba blanca que le daba un aire de “viejo sabio” de esta comunidad de educadores y educadoras populares reunida. Un monitor de mirada atenta, que se tomaba sus tiempos para responder, siempre de forma precisa y concisa. Muy amable, pero firme al momento de llamar la atención de algún compañero/a que -por mala costumbre- quería interrumpir la palabra y la experiencia de otro con su propia experiencia.

Desde mi posición de “escribano” en ese taller, no podía dejar de pensar -entre relato y relato- en Hernán y en el perfil que él demostraba en ese taller. Un perfil muy similar a otras grandes educadoras y educadores populares de América Latina: hombres y mujeres que, con miles de experiencias por contar y compartir, siempre prefieren ser los gestores de espacios donde la palabra se socialice, donde todos hablen en igualdad de condiciones, donde nadie se esconda en la comodidad del silencio. Hombre y mujeres que creen en la palabra como constructora de puentes entre las experiencias, y con una fe irrenunciable -y hasta a veces algo ingenua- en el otro y en la otra, en el pueblo como sujeto histórico. Un perfil que los lleva por el camino del hacer, pero los aleja del decir. Que guardan su propia experiencia para que la experiencia de las y los educandos sea la protagonista. Que no niegan su voz si se les pregunta, pero que prefieren que el aprendizaje surja desde la reflexión de las experiencias de vida de las y los educandos. Hombres y mujeres que consideran que el mejor taller es aquel donde el monitor habla lo menos posible.

Una apuesta político-pedagógica clara y contundente pero que, a su vez, lleva aparejado algunos riesgos, destacando uno que creo vital: que de tanto hacer, otras tareas intelectuales y educativas como relatar, sistematizar y teorizar sobre el trabajo realizado quedan relegados a segundo plano. Una apuesta donde los mejores educadores y educadoras populares siempre terminan siendo hombres y mujeres de mucha práctica pero poca escritura4. Por eso, desde el término del taller con Hernán comenzó a rondarnos la idea de que su método -que generosamente llevó impreso y nos regalo en el taller- debía ser publicado en nuestro país. Tremenda joya metodológica debía ser socializada.

Sin embargo, desde mi condición de historiador social, no dejaba de rondarme en la cabeza la idea de que Hernán nos contara de su propia experiencia de vida. ¿Cómo no sería interesante escuchar, desde sí mismo, sus peripecias con Víctor Jara, su paso por la China de Mao, por la Unión Soviética, por la Cuba revolucionaria? ¿Qué significó ser educador y hacer educación popular en esos territorios? Por si fuera poco, en esos días me encontraba realizando una investigación sobre prácticas de educación popular durante la Unidad Popular y sabía que Hernán había participado en una de las experiencias más interesantes de esa etapa y casi desconocida hoy: el Grupo de Motivadores de Comunicación en Terreno, como popularmente se les denominó, el grupo de “Los Saltamontes”.

Intenté en cada pausa, en cada almuerzo, sacarle algunas palabras a Hernán sobre dichas experiencias, pero él, con habilidad, esquivó la mayoría de mis preguntas, restándose protagonismo. Todo eso hasta ahora, cuando cuatro años después, lo volvimos a contactar para contarle de nuestras intenciones como Caracol – el apañe de los piños de publicar su “Cómo hacer para saber qué hacer”. Fue en esas conversaciones, en esos correos de ida y vuelta entre Venezuela y Chile cuando volvimos a insistir: ¿Y si te animas a escribir una pequeña biografía para que te conozcan las organizaciones de Chile? -le preguntamos-. Y con sorpresa y alegría recibimos su aprobación.

Ahora, claramente, Hernán no puede dejar de ser quién es, no puede traicionar este perfil que comparte con las grandes educadoras y educadores populares del continente. Es decir, no puede traicionar su rol de ser un facilitador de la palabra popular aunque ello implique restar su palabra. Y, metido en ese rol, no nos sorprendió que nos regalara el texto que viene a continuación, con su particular característica: ser un potente relato donde nos va contando diferentes etapas de su vida, por el Chile de la Unidad Popular, por la URSS, por Cuba, por Venezuela. Sin embargo, sorprendentemente, un relato donde el protagonista no es él, sino su método, el mismo que permite que muchas comunidades populares produzcan su propio saber. Así, la historia que nos regala Hernán es una serie de ventanas a diferentes pasajes de su vida donde el centro de la historia son las experiencias que vivió y que le fueron generando preguntas y certezas que Hernán fue integrando y mezclando, hasta que se fue construyendo su Método. Donde nos enseña que es la vida misma la que nos interpela y nos obliga a tomar posición, la que nos coloca los problemas pero, muchas veces, nos muestra también la solución. Que la respuesta siempre está en la realidad misma.

Por todo ello, la invitación ahora es a leer estas ventanas y descubrir como nuestro compañero Hernán fue encontrándose con personas y situaciones que le dieron pistas para construir su ya reconocido “Método de análisis colectivo con registro abierto”. Un método de investigación-acción que no lo transforma a él en un intelectual reconocido -pudiendo hacerlo-, sino que permite que cualquier persona u organización popular pueda -a partir solo del diálogo y la reflexión colectiva- construir saber popular transformador.

Agradeciéndole de nuevo, de forma pública, a Hernán por estas líneas que vienen, esperamos que las disfruten y les motiven a seguir construyendo saber y poder popular.

1El taller se denominó “Acerca de un método para el Hacer Comunitario” y contó con la participación de compañeras y compañeros del Movimiento de Trabajadores Clotario Blest, la Escuela Popular Ñuñohue, la Escuela Itinerante A Pata Pelá, la Coordinadora Popular Huamachuco, el Movimiento de Pobladores en Lucha, Centro Cultural Sátira Eutanasia, el Movimiento de educación popular Eduardo Galeano, los Talleres de Historia, Colectivo Armando y el Colectivo Paulo Freire – Chile.

2La primera parte del taller, como relata Hernán, consiste en que cada uno relate de manera objetiva su trabajo organizativo. Un relato que debe ser escuchado por los demás dure lo que dure, sin interrupciones, con atención y respeto. Esto fue, claramente, todo un desafío porque ponía a prueba nuestra capacidad de escucha y colocaba un freno a todas esas ganas de analizar y evaluar a los otros y colocar nuestra propia experiencia primero, vicios que muchas veces nos impiden colocarnos en el lugar del otro para entender su contexto y, desde ahí, su propuesta política. Una etapa del taller larga, pero que fue muy agradecida por las y los participantes, señalando incluso que fue una instancia donde “por primera vez los escuchaban de verdad”.

3Una síntesis del desarrollo y los resultados de este taller fue publicado como: Colectivo Paulo Freire – Chile (2012): “Metodología de análisis colectivo con registro abierto. Documento de síntesis”. En: Revista de Pedagogía Militante Diatriba, N°2, Santiago: Editorial Quimantú.

4Acá no puedo dejar de pensar, para el caso chileno, en los dos educadores populares más importantes de la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días: Juan José Silva y Luis Bustos. Reconocidos en muchos territorios, formadores de -literalmente- miles de educadores y educadoras populares a lo largo de nuestro país, hombres de una experiencia y sabiduría infinitas pero que muy pocas veces han traducido esa experiencia en formato escrito lo que, a su vez, ha impedido que su reflexión circule e impacte de mayor manera en otros espacios como la la educación formal, en general, y la academia, en particular. Un problema que no es desconocido para ellos, pero que es asumido como parte de los costos de su apuesta político-pedagógica, centrado en las comunidades y no en las instituciones. Como muestra de esta consciente apuesta, me permito contar una pequeña anécdota: en el mes de marzo del 2016, me tocó dirigir un taller de educación popular y elaboración de material educativo junto a Luis Bustos en la ciudad de Valparaíso. En determinado momento, los grupos de trabajo estaban tan “metidos” en su labor, de forma tan autónoma, seria y comprometida -precisamente porque le encontraban un sentido práctico al taller- que Luis me comenta: – “¿Te das cuenta que, en este momento, podríamos perfectamente irnos de la sala, a tomar un café, y nadie se daría cuenta de nuestra ausencia? Es más, ¡a nadie le importaría nuestra ausencia!”. La tarea estaba cumplida: habíamos creado las condiciones para que las y los educandos aprendieran autónoma y colaborativamente, haciendo incluso innecesaria la figura de un “profesor”. De eso se trata esta apuesta.

Entrevista a Carola, la caracola, integrante del Colectivo de Sistematización Militante CARACOL

Entrevista a Carola, la caracola, integrante del Colectivo de Sistematización Militante CARACOL

Artículo publicado en Revista Rufián N°22 “Ahora somos. Construcciones de poder popular” (Abril, 2015)

Por Caracol*

Lenta pero segura, dejando una estela brillante de rojinegro a su paso, Carola la Caracola se pasea de un extremo a otro de Santiago “apañando piños”, como le dice. Es integrante de CARACOL, un colectivo de sistematización militante de reciente aparición (2013) y que han vuelto a instalar el tema de la producción de saber desde los territorios en el campo de la educación popular y la comunicación popular. La pillamos de casualidad, arriba de una micro, camino a un Taller, y no quisimos desaprovechar para entrevistarla –no todos los días uno entrevista a un caracol, hay que decirlo– para este número de la Revista.

Dime Carola: ¿Educación Popular, en el siglo XXI? ¿No era un cuento viejo ese? ¿Del siglo pasado?

Sí y no. Sí, en el sentido de que la corriente más “freiriana” que venía desde la década de los 80 hasta los primeros años de esto que le llamaron “transición” –aunque no sabemos todavía transición a qué, si sigue siendo lo mismo que en Dictadura– tendió a agotarse. Pero no es un cuento viejo si uno empieza a agrupar todas las pegas de todos los piños que hoy han decidido, desde la población, desde el liceo, desde la universidad, desde la pega, autoeducarse. Quizás podríamos hablar hoy día de una “Autoeducación Popular”, pero de que existimos, existimos.

Pero siempre ha estado muy instalada la idea de que ustedes son una especie de “dinamiqueros”, que les gustan los talleres y la animación comunitaria, pero con poco fondo político.

Sí, lamentablemente. Lo que pasa es que nuestra apuesta –y hablo como movimiento de caracoles y caracolas que nos autoeducamos–, tenemos una especial preocupación no solo por lo que hacemos, sino también por el cómo lo hacemos. O sea, somos educadores y educadoras, y, como tales, le damos harto énfasis a planificar y gestionar espacios educativos donde no existan jerarquías, donde seamos todos y todas protagonistas, espacios de democracia directa y con poca chance para el maquineo. Y también le ponemos el cuerpo, la concha y los cachitos al asunto: la educación no es solo racional, es también emocional, subjetiva, es corporal. Por eso, cuando uno pasa por fuera de un taller, muchas veces ve gente que no está en la posición “clásica” de una clase, sino también en movimiento.

Pero esa preocupación por lo metodológico, ¿no les resta sentido político?

¡No, al contrario! Lo metodológico es profundamente político, porque todo espacio educativo es político. Te lo explico super en fácil: cuando planificamos un taller o un ciclo de talleres de educación popular, lo hacemos porque tenemos un objetivo político-pedagógico para esos talleres y creemos que con su desarrollo se construye un camino para llegar a ese horizonte político que definimos al comienzo. Ese “camino para llegar a” es lo metodológico… ¡por eso te digo que lo metodológico es político!, porque “caminos” hay muchos, pero como esperamos llegar a un horizonte libertario, democrático e igualitario, lo más seguro es que busquemos construir caminos igual de libertarios, democráticos e igualitarios, es decir caminos –o metodologías– políticos, ¿se entiende?. Por eso, por ejemplo, somos tan catetes con lo de inventar una “metodología participativa”.

Ya, pero eso sigue siendo muy abstracto. Te lo pregunto porque cuando uno ve un Taller de Educación Popular y no conoce mucho del tema, la primera impresión es “gente jugando”, y lo que tú me comentas, es mucho más complejo.

¡Es por eso, caracoqueso! Lo que pasa es que esos “caminos” de los que hablábamos –o “el método”, para decirlo así bien serio y formal– pueden ser “caminados” de muchas formas (se puede dar pasos cortitos o dar pasos largos, se puede hacer saltando, corriendo, caminando de la mano o separados, o, en nuestro caso, arrastrándonos lentito…) Bueno, al conjunto de “pasos” que planificamos le llamamos didáctica y a cada paso por separado –o lo que facilita cada paso– le llamamos técnica. Por eso, cuando uno entra a un taller de educación popular, quizás solo vea un grupo de “técnicas” en acción. Pero estas “técnicas” están ahí porque están facilitando que el grupo de caracolas y caracoles allí reunido construya o comparta saberes que apuntan a nuestros horizontes político-pedagógicos.

Mmm… creo que entiendo, pero entonces, ¿lo que se busca enseñar son las técnicas?

No, mi pequeño saltamonte. Somos educadores y educadoras y, por lo mismo, nuestra pega se centra en saberes. Saberes que queremos construir o que queremos compartir. Las técnicas son las herramientas que nos permiten avanzar en esa construcción o en su socialización.

Y ¿quién elige qué saberes se necesitan y qué saberes no? ¿Ustedes?

Nones. O sea sí, pero la nuestra es solo una más dentro de todas las voces de los bichitos que nos reunimos a autoeducarnos. Por eso, la clave ahí es nuestro apellido. No somos educadores y educadoras a secas. Somos educadores populares. O sea: le ponemos el hombro a ser las gestoras de espacios educativos donde produzcamos y compartamos saberes que nos sean útiles como pueblo bichístico para nuestra liberación.

Upa. Sonó fuerte eso…

Si, pero es importante decirlo. No somos bichos neutrales…

Oye, pero eso es bien complicado supongo. Es decir, si el pueblo quiere liberarse y eso implica hacer una revolución. ¿Ustedes enseñan cómo hacerla?

No. ¡Nunca tan vanguardistas!, además el pueblo ya sabe cómo hacerla y la está haciendo cotidianamente. Lo que pasa es que hay comunidades bichísticas que están en diferentes niveles, por así decirlo. Por ejemplo, los cumpas del Colectivo “Babosos y Subversivos” tienen un Preu Popular, y allí, aparte de aprender de matemáticas o de física, aprenden a re-conocerse como pobladores y pobladoras, a reconocer sus problemas comunes, y también aprenden a gestionar un espacio educativo, a ver las finanzas, la gestión, la proyección. Dicho de otra forma, aprenden a ser comunidad y a que los problemas comunes se resuelven con soluciones colectivas. Ellos y ellas están aprendiendo a hacer su revolución, particular y territorializada. En otro extremo de la ciudad, las compañeras del Colectivo “La Concha Libre” se juntan todos los jueves a compartir desde estrategias de autodefensa frente al caracomachismo, hasta cómo hacer campañas que permitan instalar el tema en el debate público. Frente a determinadas necesidades, se autoeducan para eso, comparten saberes que mejoran su propia revolución. O las compañeras caracolas del Comité “La Concha es un derecho”: en cada asamblea se autoeducan en diversos temas, como por ejemplo, cuál es la legislación en materia de vivienda (para dar la lucha desde ahí), pero también aprenden técnicas de movilización y lucha política repasando la historia del movimiento de caracopobladores y las tomas de terreno. Yo me atrevería a decir que todas esas organizaciones apuntan a un horizonte similar, pero en este contexto están en sus revoluciones particulares. Y nadie se las está “enseñando”, ellas mismas las están construyendo. Recuperando saberes de las caracoexperiencias antiguas, reinterpretando saberes que vienen desde la Academia, inventado saberes nuevos.

Y ¿cómo se puede “inventar un saber”?

Ahí le entramos a la sistematización, pues. Pare sus antenas que se lo resumo en dos frases: todos y todas, cuando hacemos algo, ponemos en práctica un saber. A veces lo hacemos super inconscientemente, pero ahí está. Cuando nos organizamos pasa lo mismo, la organización también es un saber. Lo que pasa es que la mayoría de las veces aprendemos a organizarnos organizándonos. El problema de esto es que en esta sociedad que vivimos hay jerarquías de saberes, y hay unos saberes que son considerados más importantes que otros. No nos vendamos cuentos: el “saber generar dinero”, por ejemplo, va por encima del “saber construir comunidad”.

El cuento es que no nos podemos poner a llorar sobre eso, y debemos ser capaces de poner en valor, como le dicen, aquellos saberes que nos permiten un “buen vivir”, como dicen los caracoles altiplánicos. Y esos saberes que nos permiten el “buen vivir” (o vivir de una forma diferente a la que impone el capitalismo) muchas veces no necesitan ser “creados”, porque ya existen, palpitan, se hacen carne cotidianamente en las miles de pegas concretas que tienen diferentes bichas y bichos, rebeldes y organizados de todo el mundo. Y de acá también, por supuesto…

Ya, muy lindo, pero… ¿y la sistematización? ¿Dónde entra?

¡Calma, calma! ¡No me apure, soy una caracola! Lo que pasa es que varios caracoles antiguos inventaron un método que permite “rescatar” esos saberes. Le llamaron sistematización. Que, ojo piojo, no es hacer un resumen, ni escribir el acta de una reunión, ni hacer un documento de síntesis; se trata de reconstruir lo que uno ha vivido y reflexionar sobre eso y, aunque no me crea, cuando eso pasa, uno empieza a darse cuenta de que “sabe”. Que sabe hacer muchas cosas, que ha aprendido muchas cosas en el proceso organizativo y que muchas de esas cosas, aunque suene como un trabalenguas, ni sabía que las sabía. Y, qué quiere que le diga, cuando uno termina ese proceso, se siente terriblemente poderosa…

¿Poderosa?

¡Claro! Porque, primero que nada, se siente más convencida de lo que hace. Segundo, se siente su propio “intelectual”, porque es capaz de producir saberes desde su experiencia y no se queda esperando como pollo a que llegue un académico o un político a decirle que tiene que hacer. Y tercero, lo que usted hace, después de la reflexión, lo hace mejor.

Aumenta la eficiencia…

¡Aumenta el poder popular, hombre! Mire, se la voy a hacer cortita. Si yo le digo: “Los pacos abusan de su poder”, usted lo más seguro es que me entienda, porque nos acostumbramos a pensar que el poder tenía que ver con eso, con cooptación, con fuerza “represiva” digamos. Pero si yo le digo “Podríamos tomarnos una cervecita después de esta entrevista…”, ese “podríamos” no es coerción, es una posibilidad…

Una buena posibilidad…

¡No me cambie el tema, que me da sed! Ese otro poder, está vinculado con la “potencia”, el “empoderamiento” o el “poder hacer”, varias palabritas que hoy están apareciendo en los papeles de los sesudos intelectuales de izquierda pero que en el fondo es lo que nosotros y nosotras, acá abajito, le llamábamos hace rato el “poder popular”. ¡Si yo le contara, hombre! Como pueblo tenemos todo un historial de procesos donde derechamente nos aburrimos y empezamos a hacer las cosas por la nuestra. ¿No teníamos vivienda digna? Nos tomamos los terrenos y levantamos nuestras conchitas. ¿Los patrones se arrancaron? Nos tomamos la fábrica y la echamos a producir. ¿No teníamos escuela? Levantamos nuestras propias escuelas, por dentro o por fuera de la ley. En el fondo, el poder popular ha sido el nombre con el que hemos bautizado ese amplio repertorio de acciones que hemos hecho para vivir de manera digna, igualitaria y libertaria, a mano y sin permiso. Lo hicimos ayer y lo seguiremos haciendo…

Y la sistematización serviría para eso porque ayudaría a que las prácticas se hagan mejor y, por lo tanto, el “poder hacer” de nosotros como pueblo, se despliegue a sus anchas…

¿Ve que no es tan dificil? ¡Si lo dijo clarito! Sistematizando producimos saberes que nacen desde miles de procesos que están desarrollando bichitos por todos lados. Procesos rebeldes, criticones y cotidianos donde estamos dando cara al capitalismo. Si sistematizamos, cada una de esas prácticas chiquititas que hacemos camino a la liberación, van a ser mejores, más efectivas, y, de a poco, aunque no se vea a simple vista, el movimiento popular va a ir fortaleciéndose, empoderándose. Después vendrán otros desafíos: los de articularse, los de pegar todos juntos, pero, por ahora, desde la humilde trinchera de la educación popular y la comunicación popular, ese puede ser nuestro aporte: construir, poner en valor, compartir y difundir los saberes que salen de nuestras prácticas y le aseguro mi amigo que, aunque yo no lo vea, eso a la larga nos va a servir, y mucho y… ¡chuta! ¡me pasé del paradero!

Nos queda la cerveza pendiente, supongo…

¡Claro! Si quiere me manda un mail y nos ponemos de acuerdo… anote rápido: caracolpopular@gmail.com. O me busca en el carelibro, ve que ahora hay que hacerle a la tecnología también…

* Caracol. El apañe de los piños es un colectivo de sistematización militante que surge en abril del 2013 en Santiago, Chile. Provenientes de diferentes organizaciones de educación popular y comunicación popular, sus integrantes se dedican a “apañar” a otras organizaciones fundamentalmente en temas de sistematización de experiencias, apoyo metodológico y desarrollo de talleres de autoeducación popular. Su trabajo se gesta a partir de redes de apoyo mutuo, afecto y solidaridad entre organizaciones populares. Para más información, puedes revisar su página web (www.colectivocaracol.org), contactarlos por mail (caracolpopular@gmail.com) o en Facebook (fb.com/caracolpopular).