‘¿Qué es la revolución?
Un millón de picaduras de abejas,
un millón de dignidades.’

A nuestros compañeros y compañeras de organizaciones populares hermanas con las que construimos a diario una realidad “otra”, justa y digna.
A todo nuestro pueblo que, a pesar del terrorismo de Estado, sigue en la calle empecinadamente luchando:

A lo largo de este mes de lucha y rebeldía hemos querido aportar compartiendo impresiones o lecturas que como Colectivo Caracol hemos ido realizando y que, creemos, pueden volverse un insumo para la conversa y organización popular.

Anteriormente, tras la “cocina” de la clase política civil, socializamos un escrito donde nos centrábamos en la denuncia de la situación y las estrategias opresoras. Hoy, tras 30 días de lucha y resistencia, queremos posicionarnos en el anuncio de ese mundo otro. Un mundo otro que no se construye sólo en el discurso, sino en la performatividad de la lucha, la cual se hace presente tanto en el enfrentamiento, como en diversas formas de resistencia y apoyo mutuo que se han generado en las asambleas territoriales, en los espacios de encuentro, en las redes de construcción que se forjan desde abajo y que nos permite revertir en el hacer mismo las formas de dominación que el modelo neoliberal, colonialista y patriarcal ha implantado en nuestros cuerpos y subjetividades.

Nuestra lucha no sólo nos lleva a enfrentarnos directamente con este sistema para destruirlo, también nos exige que dejemos de crearlo y reproducirlo cotidianamente. Es decir, que nos vayamos desprendiendo de todas las formas de opresión (individualismo, competitividad, indiferencia, etc.) que hemos hecho nuestras y que a diario van alimentando este modelo de miseria y exclusión. La transformación de esas lógicas hace que la rebelión se posicione ‘en contra’ de algo y alguien (el modelo hegemónico y su casta privilegiada) al mismo tiempo que se erige ‘a favor’ de un qué y un quién (dignidad y justicia para el pueblo). Es el ejercicio de una resistencia propositiva que hace que no dejemos la creación del mundo otro para el futuro, sino que lo gestemos en el presente.

Creemos que ese anuncio, esa prefiguración de la otra realidad -como la vienen nombrando educadores y educadoras populares de toda Nuestramérica- se encarna hoy en las diversas experiencias que hemos ido levantando y posicionando y que se fortalecen en la medida en que las entrelazamos. Son nuestros triunfos, los cimientos de nuestra potencia como pueblo organizado. Es la radicalidad del poder popular.

Probablemente hay muchos otros aspectos que destacar, pero aquí presentamos algunas de nuestras pequeñas pero dignas y duraderas victorias que hemos conseguido como Movimiento Popular en estos treinta días:

1. YA NO TENEMOS MIEDO (y si tenemos, ¡ya no nos paraliza!)

Nuestro pueblo cuenta hoy con nuevas generaciones que no nacieron, vivieron ni crecieron en la tiranía de Pinochet. Son cabros y cabras rebeldes, alzadas, para quienes el shock dictatorial no se imprimió en sus cuerpos, pero que sí han vivido el neoliberalismo salvaje que les ha negado -o, en el mejor de los casos, limitado- el acceso a todo. La hermosa irrupción de esa juventud -y sobre todo de la juventud popular-, nos remeció a todas y todos y nos obligó a envalentonarnos y seguir su ejemplo. Es decir, aun cuando se nos impone el terrorismo de Estado, el miedo que sentimos ya no nos paraliza. Así, aunque aún lo sintamos, ¡salimos a la calle con miedo! Ya nadie se queda atrás por sentir eso. Al contrario, ese mismo horror frente la vulneración de los derechos humanos, hace que nos juntemos, que nos acuerpemos con otras y otros, y, así, en la colectividad, desafiamos lo que el poder nos dictamina. No podemos pasar por alto el gigantesco triunfo que significó que, aunque tuvimos a los milicos en la calle y que en algunas ciudades el toque de queda duró una semana (desde el 19 al 26 de octubre), eso no impidió que la protesta siguiera. Es más, ni un solo día el horario del toque de queda fue respetado.

El miedo funciona dividiéndonos, posicionando la desconfianza como eje de nuestros vínculos, por eso necesita del individualismo. No obstante, nuestra respuesta ha sido categórica: ante su declaración de guerra, el pueblo está unido. Se hace enjambre. Así, donde antes sólo existía la fragilidad del individuo aislado, hoy hay una red que transforma esa vulnerabilidad en potencia colectiva. Ya no estamos solos. Ya no estamos solas.

Y de ese triunfo gigante, nace otro: no nos olvidamos de la importancia de contenernos, de cuidarnos. Hemos aprendido que los afectos son políticos. Más aún en estos tiempos donde oscilamos en una montaña rusa emocional: pasamos del miedo, a la rabia, y luego a la alegría esperanzada por la rebeldía cotidiana que se masifica y se hace carne en las diversas formas de lucha que hemos levantado; pero luego nuevamente, frente al horror y la violencia represora, caemos en la rabia y el miedo, y así, en un carrusel infinito. Sin embargo, los espacios comunes que estamos creando y habitando nos permiten hablar de esas emociones, sacarlas afuera y hacerlas bandera, sabiendo que siempre habrá un oído para escucharnos, una risa para amplificar la nuestra o un abrazo para evitar que nos desarmemos.

2. HEMOS HECHO CARNE LA SOLIDARIDAD Y UNIDAD POPULAR

Como ya se ha mencionado en otro lugares, esta rebelión ha logrado unir lo que hasta hace poco era inimaginable. El mejor ejemplo son las barras futboleras: Lxs de abajo, La Garra Blanca, Lxs Panzer, Lxs Cruzadxs, entre otras, han dejado de lado la rivalidad de los colores para reconocerse como parte de un mismo pueblo, oprimido y explotado, pero que hoy se levanta y lucha dignamente. Así es como en el enfrentamiento callejero, pero también en los espacios de organización territorial, quienes tradicionalmente se creían y veían como archienemigos, hoy trabajan codo a codo, por un proyecto mayor. Este ejemplo de unidad y solidaridad no es excepcional, ha sido la tónica de la rebelión. Por eso aparecen a borbotones experiencias y anécdotas de apoyo mutuo: las personas que te rocían con agua y bicarbonato después que te gasearon, el trabajador que no pudo parar pero que saca la manguera con agua para abastecer a quienes lo necesiten, la señora que lleva un fondo de comida a la protesta para darle almuerzo a quienes se manifiestan, los equipos de rescatistas y primeros auxilios que asisten -aguantando la represión- a los heridos y heridas, la señora que te presta el baño, la abuela que te ofrece quequito y huevos duros ‘para seguir luchando’, la compa que te levanta cuando te caíste arrancando y tienes el piquete policial tras de ti, el trabajador de la ferretería que regala lentes de seguridad para que no sigamos perdiendo ojos… y, así, la lista suma y sigue. Por eso decimos que volvimos a querernos, volvimos a encontrarnos, volvimos a ser pueblo y, entonces, volvimos también a discutir de política y contingencia. Así es como nuevamente nos organizamos en nuestros territorios, poblaciones, trabajos, liceos, familias, ¡en todos lados! Y tenemos claro que no solo las manifestaciones en los centros de las ciudades han fortalecido al Movimiento Popular, sino que estas experiencias de organización de base, de autoeducación y reflexión colectiva son la fuente inagotable de contrapoder, de poder popular.

3. DESCENTRAMOS LA PROTESTA

Recuperando los aprendizajes que tuvimos durante las Jornadas de Protesta Nacional en la Dictadura Civil y Militar, donde nos ingeniamos como pueblo para diversificar las formas de lucha, hemos logrado descentrar la protesta. No solo porque el estallido se extendió rápidamente desde el centro de nuestra capital hacia otras regiones de Chile, sino que en cada una de esas regiones, las protestas se fueron moviendo desde las grandes plazas centrales a las plazoletas locales, de las grandes alamedas a los cerros y pasajes tomados. Así, hoy, la estrategia desmovilizadora de limitar el transporte público para impedir que la gente se traslade a los espacios centrales ya no tienen efecto, y la protesta se ha trasladado a colegios y liceos locales, a las ferias libres, a cada esquina de la ciudad donde un grupo de personas se encuentra en el caceroleo. Los símbolos del consumo han sido tomados por la protesta (como los malls y supermercados) y los espacios locales se han transformado en semillero de miles de propuestas (bajo el nombre de Cabildo Abierto, Trawûn o Asamblea Territorial). Ese descentramiento ha hecho que la politización salga de su espacio clásico y se territorialice, creciendo y madurando al ritmo de cada población.

4. PARAMOS LA AGENDA DEL PODER

Hemos impedido la realización de actividades propias de la agenda del poder. A pesar de cómo mediáticamente se han disfrazado las verdaderas razones, es el clima de ingobernabilidad que hemos mantenido y no otra cosa, lo que ha obligado al gobierno a suspender sus emblemáticos eventos. Por ello, que la COP25, la APEC, la Final de la Copa libertadores y la Teletón -más allá del patético llanterío matinal de Mario Kreutzberger- no hayan podido realizarse, son parte de nuestras ganadas, pues dan cuenta que aun cuando la casta política y económica pretenda exportar una imagen país como el oasis del desarrollo y estabilidad, desde abajo, el pueblo chileno emerge reventando la sosegada postal y mostrando que existe otro Chile.

5. DESENMASCARAMOS A CARABINEROS

Ya no cabe ninguna duda y cada día es un sentimiento que se masifica más y más en la población: las y los pacos son los sicarios del poder. Nunca han sido compañeros. Ese viejo argumento de la clase media profesional, progre y culpógena que busca justificar que los pacos y las pacas han entrado a la institución porque su situación de clase no le daba otra opción, es hoy insuficiente. Un dicho popular señala que “solo hay dos tipos de pacos: el que te pega, y el que te mira mientras te pegan”; y es un dicho sabio porque visibiliza que todos aquellos uniformados que han callado frente al terrorismo de Estado, son cómplices de él. Por ello, hoy podemos decir con claridad que toda la institución policial ha optado por ser servil al terrorismo de Estado, y han elegido día tras día la vereda del opresor. Y lo hacen con sadismo. Por eso, festinan con la represión. La gozan, se ríen, se burlan mientras nos reprimen, nos mutilan, nos violan, nos torturan y nos asesinan.

Triste es que en todo este proceso solo tengamos un valiente soldado que se negó a masacrar al pueblo, David Veloso (¡y ningún Carabinero!). Por eso no hay sororidad ni abrazos para ellas y ellos. El pueblo no descansará hasta verlos tras las rejas y, tal como con el Dictador, bailará sobre sus tumbas.

6. ¡LAS Y LOS CAPUCHAS SON COMPAS!

Son la primera línea de batalla, que a pura astucia y creatividad inventan armas -escudos, formas de neutralizar las bombas lacrimógenas, láser, hondas, etc- y tácticas de defensa. Son ellos y ellas, junto a más de algún perro rebelde, quienes ponen el cuerpo para frenar el avance represivo resguardando y posibilitando que miles, millones se encuentren, marchen o se concentren un poco más atrás.

Acá no sirve el discurso neutral del tipo “condenamos todo tipo de violencia”, porque equipara el terrorismo de Estado con la defensa que la primera línea hace del pueblo para que no sea masacrado. La violencia opresora jamás será equiparable a la violencia liberadora. Y quienes las equiparan, solo han optado -consciente o inconscientemente- por el bando del opresor. ¡Larga vida a la primera línea! Son ellos y ellas las gestoras de una violencia revolucionaria defensora del pueblo organizado.

7. HEMOS RE-CREADO LA REALIDAD

Cada vez que extirpamos y/o destruimos los monumentos a los ‘héroes’ genocidas que inundaban nuestras calles y plazas, estamos pariendo un mundo otro. Glorioso es el gesto anticolonialista en el que Pedro de Valdivia es derribado y colgado a los pies de Leftraru, y desde allí comprendemos que se levanten como triunfos populares los ataques contra los monolitos que veneran a los artífices de este modelo criminal (Augusto Pinochet, Jaime Guzmán) o a las instituciones que los sustentan (Monumento a Carabineros en la Alameda, estructura hecha formando un gran número 11, en un sangriento homenaje al 11 de septiembre de 1973).

Re-crear la realidad nos exige volver a nombrarla. Por eso no es casual que el epicentro de las manifestaciones a nivel nacional, sea proclamada como nuestra Plaza de la Dignidad. Tampoco es azaroso que volvamos a llamar Tupahue (ex San Cristóbal) o Huelén (ex Santa Lucía) a los cerros que nos cobijan.

Re-crear la realidad también nos exige construir un imaginario propio donde posicionemos a nuestros héroes y heroínas. Qué mejor ejemplo de esto que aquel kiltro callejero que siempre tuvo claro contra quién lanzar mordidas y ladridos. Hoy el Negro Matapacos es un emblema de la resistencia que ha circulado por todo el globo y que sigue naciendo en tantos otros kiltros combativos.

Heroicos son también nuestros abuelos y abuelas que salen a la calle con la fuerza y digna rabia de una vida entera de lucha, y nos acompañan con lemas sobre sus cuerpos – ‘Los abuelos apoyamos a nuestros nietos’- o como aquella que se suma a las primeras filas y pelea corajuda, ‘como abuela’, contra las fuerzas represivas.

Heroína es también, la primera estudianta que saltó el torniquete y el ejército de estudiantes secundarios que la siguieron. Nuestras pingüinas y pingüinos hoy nuevamente han dado cara y nos han hecho despertar a todas y todos de esta larga noche polar. Son fuente de orgullo, de dignidad popular, por eso en nuestras paredes figuran rayados que afirman: “¡Cuando grande quiero ser secundarie!”

8. DEMOSTRAMOS QUE EL ARTE Y LA CREATIVIDAD ESTÁN DE NUESTRO LADO

A pesar de sus castigos, imposiciones y las toneladas de ritalín con que nos han querido domesticar, luchar por la creación de una realidad otra, nos lleva a buscar formas de romper los límites, de sortearlos para así no reproducirlos autómatamente. Nos exige, entonces, ver más allá y nos lleva a crear. Por eso no es casual que en las concentraciones, marchas y redes sociales abunden las manifestaciones artísticas, la creatividad de los carteles y pancartas, la danza que es denuncia e histórica resistencia, la música de una trompeta que sigue sonando entre los escudos de la primera fila, los graffitis y murales hechos al calor de la protesta, los coros callejeros entonando al Víctor, a la Violeta, a Los Prisioneros y todos aquellos que siguen creyendo que el arte es una trinchera de lucha.

Nuestra lucha es por la vida, y vivir es crear, re-crear la realidad que habitamos.

Tal vez por eso, son tan nauseabundos los intentos desesperados de musicalidad que en sus hipócritas campañas por la paz se elaboran desde el poder.

9. HEMOS DESPLAZADO LA FRONTERA DE LO POSIBLE

Hoy nos atrevemos a soñar con cambiarlo todo, con crear nuevos órdenes más allá de lo establecido. Queremos una sociedad donde no tengamos que seguir participando del mismo juego en el que siempre perdemos porque está diseñado para que así sea; y porque, cuando a pesar de eso logramos ir remontando o ganando, los dueños de todo suspenden la partida y le incluyen nuevos amarres y reglamentos que nos condenan nuevamente a la derrota. Hoy hemos dicho ¡Basta! Ya no les creemos. Por eso no aceptamos sus límites y márgenes, sus propuestas rastreras que los mantienen posicionados en sus sitiales de poder y privilegio. No queremos su mundo reformado o modificado, queremos una realidad otra, construida por todas y todos. Por eso hoy nuestra rebeldía está más esperanzada que siempre porque vemos cómo vamos avanzamos a trancos hacia la utopía que durante tanto tiempo nos parecía absurdamente remota.

La dignidad la construimos día a día, a pulso, desde abajo y a la izquierda. Nos revolucionamos en el aquí y ahora. Tenemos nuestras victorias, pequeñas pero potentes que alimentan nuestra perseverancia. No estamos dispuestas a tranzar. Nuestra lucha es por la vida, la justicia y la dignidad; y eso precisa que sigamos pariendo un mundo otro, que continuemos con porfía revolucionándonos. No vamos a claudicar, seguiremos hasta vencer o vencer…

Colectivo Caracol – El apañe de los Piños
Educación Popular – Comunicación Popular – Sistematización Militante
Lunes 18 de noviembre de 2019


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